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Mi 2016



Hace diez años me encontraba recostada, mirando a través de un enorme ventanal hacia el edificio de enfrente. Las luces y aberturas dejaban al descubierto el interior y a sus habitantes, quienes desplegaban ante mí escenas silenciosas.


Una pareja con un bebé intenta cenar. La mamá da un bocado y enseguida se levanta con el niño a upa; se balancea, lo calma y vuelve a sentarse, tan solo por unos segundos.


En el departamento contiguo, un hombre parece estar tomando medidas con sus propios pies. Va y viene de un extremo al otro de la habitación, mueve los brazos, habla solo, apoya las manos en la cintura y piensa. Repite los mismos movimientos una y otra vez, como si buscara algo que no encuentra.


La pareja termina por desistir de la cena y se turna para acunar al bebé, mientras los platos descansan abandonados sobre la mesa.


El hombre que vive solo está divorciado. Hace poco compró un enorme juego de comedor, tan grande que casi no cabe en el living. Lo quiso así, lo suficientemente amplio para poder invitar a todos sus amigos.


No soporta la idea de cenar solo; desde que se separó, la vida le parece más solitaria y triste. ¿Qué hará ahora, cuando se encuentre sentado en esa mesa desmesurada, con tanto espacio sobrante sin saber con qué ni cómo llenarlo?


Fuma en el balcón y piensa en su nueva adquisición, que ahora le parece absurda y desesperada.


La pareja se conoció por amigos en común. Ella tomó la iniciativa y a las pocas semanas ya estaban viviendo juntos. Un año después se lanzaron a la desafiante aventura de ser padres primerizos.


Lo que aún no saben es que otro bebé viene en camino.


Todo avanza muy rápido para ellos.


Tan rápido como la enfermedad en mi esposo, que descansa en una cama de hospital junto a la mía.


Hace dos semanas que estamos internados —digo estamos porque desde que lo ingresaron no me muevo de su lado.


De noche, cuando duerme, lloro en silencio.


Y con una mezcla de envidia y necesidad, miro por la ventana e invento historias sobre aquellos moradores y sus vidas, tan distantes de la mía, hasta que por fin me quedo dormida.


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El relato describe un momento de mi vida que recuerdo como si fuera ayer.

Hace diez años, enero pasó de ser el mes de las vacaciones y del año nuevo para convertirse en el más difícil, marcado por el dolor y la pérdida.

Por un momento creí que no iba a poder seguir. Sin embargo la Fe, nuestra familia, amigos y el profundo amor que siento por mis hijos fueron los que me sostuvieron y mantuvieron en pie.

Hoy miro hacia atrás y mientras le seco las lágrimas a aquella Vero, me inclino y le digo que  - a pesar de todo- ella y sus hijos van a estar bien.

De a poco y con el tiempo, enero vuelve a ser el mes de las vacaciones, de los nuevos comienzos, de pensar en proyectos y el porvenir…

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