Volver al origen
- Verónica

- 9 feb
- 1 Min. de lectura

Yo creo que la escritura puede comenzar de mil maneras.
A veces empieza con una mirada: curiosa, atenta, cercana o distante.
Otras, a partir de un recuerdo, un aroma, una escena cotidiana.
Se escribe con el cuerpo, con los sentidos, con el alma.
Se escribe como somos, como miramos el mundo, como habitamos lo que nos pasa.
Se escribe para comunicar, para hacer catarsis, para expresar un deseo.
Se escribe para trascender, para que nos miren y nos lean.
Pero también escribimos para nosotros: en un acto íntimo, de encuentro con uno mismo y de autodescubrimiento.
Cuando me preguntaban qué iba a ser de grande, sin dudar respondía: escritora.
No existía otro plan, ni otra posibilidad.
Con el tiempo, guardé ese deseo en un rincón y exploré otros caminos.
Sin embargo, de una manera u otra, siempre vuelve a mí ese destino al que me aferré de chiquita.
La realidad es que cuando escribo no tengo un método ni un propósito claro.
Simplemente lo hago.
Se instala en mí un impulso, casi como un imperativo: dejar salir lo que me atraviesa desde adentro.
Como cuando la presión del agua empuja y, para evitar el desastre, no queda otra opción que abrirle las compuertas.
Porque escribir es, también, un acto de supervivencia.




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